En casa
Tengo mil cosas que escribir y contar acá, pero por falta de tiempo y sobre todo de ganas, contaré lo del viernes.
El viernes fui con dos chicas de mi facultad a hacer un trabajo de campo. En resumen, debíamos encontrar por lo menos dos personas que trabajasen en un salón de belleza, peluquería, etc. y nos contaran sobre ello, cuanto ganan, como es el trabajo... ese tipo de cosas económicas aburridas. Y quizás podríamos conversar más a fondo con ellas.
Llegamos y decidimos almorzar antes. Me siento y un tipo vestido de terno, que estaba sentado en la mesa de atrás, se acerca por la espalda: "Hola, mi nombre es Rubén y hoy nos podríamos divertir..." O algo así, no recuerdo bien. Estaba demasiado distraída pensando en lo ridículo que sonó. No respondí, él repitió la frasecita. Mutis. Sus amigos lo fastidiaron, y se fueron.
Luego caminamos por la Av. Abancay, repleta de sonidos, carretillas, tráfico, comida de carretilla... combina esto con el sol esplendoroso que sale por estos días en Lima y era una vista muy linda. Al menos para mí. En un momento dado, se me acerca una señora a pedirme plata. Del otro lado, viene un tipo y me jalonea el bolsillo del pantalón. Yo pensé saber lo que había en el bolsillo, así que me quedé quietecita. El choro corrió un poco y luego paró. Yo grité, "oe qué vas a vender esa huevada..." El choro me hizo caso y tiró el celular de vuelta.
Así, un ladrón me vio cara de platuda y luego se dio cuenta de la realidad. Mi celular no podría ser más barato ni podría estar aún más maltratado. En cambio, no se dio cuenta que también se había robado mi usb y me lo devolvió. Mi usb con todos mis trabajos y escritos. Con mi obra de teatro y mi novela en partes. Ese usb.
Los dioses quieren que esos escritos salgan a la luz, algún día.
Nosotras continuamos hasta llegar a un salón de belleza. Nos atiende una peluquera divina. Mientras nos comienza a contar sobre su trabajo, me dice que si me depilo las cejas me vería linda. Yo le confieso que jamás me las he depilado. Con desconfianza y algo de temor, dejo que me pele. Me veo en el espejo, y no parezco yo. Es como si alguien hubiera encarnado mi cuerpo durante los 3 minutos que demoré debajo de un par de pinzas. Me impresionó el cambio.
Llegamos donde un barbero tradicional. Encantador el señor. Me senté y en el espejo pensé ver unas gotitas de sangre. Me hice la loca y continuamos con la entrevista. Estábamos en una barbería tradicional, con sillones antiguos, junto a clientes antiguos resolviendo crucigramas y discutiendo, con navajas de afeitar más viejas que nosotras y frente a un camión lleno de frutas para el mercado del costado. Una extraña sensación de estar en casa me invadió.
No me quería ir.
Terminé saliendo y caminamos hacia el Parque de la Muralla, por el Río Rímac. Crucé la pista y bajé sola hacia el paradero de buses. Subí y me puse los audífonos gigantes. Escuché Trajetória a lo largo del trayecto, parecía indicado. Fui pasando cerros poblados y puentes de cemento. Vi pintas en los muros. Vi animales escarbando en la basura. Vi gente celebrando y abriendo botellas de cerveza. La sensación de estar en casa aumentó.
Bajé en mi paradero y crucé el puente peatonal. Llegué al edificio donde vivo y cerré la puerta. La fuerte familiaridad se evaporó. Me acerqué al ventanal de mi sala y pude divisar, más allá de las casas residenciales y de los parques, algo más. Mi verdadero hogar. Donde preferiría mil veces dormir todas las noches. Por ahora preciso de la comodidad. De quedarme donde está mi familia. Pero ahora, dudo si esa necesidad durará tanto como lo había pensado.









