Cambiar (para J y A, el ancla y el ángel)

Estos últimos dos días un tema se ha repetido en mis conversaciones. Ahora que he terminado el semestre, para mi sorpresa no hago más que pensar en el próximo: las clases, la matrícula, qué profesores y qué temas me convienen, sobre cuáles no sé absolutamente nada y cuáles parecen un soporífero perfecto para mis días de angustia existencial…
He estado viajando en mi mente, como siempre.
En fin, con A, una amiga reciente y extraordinaria, hablábamos de mi antigua carrera. Estudié ciencias políticas. Me decepcioné enormemente. Una cosa es leer la teoría y ver las noticias, intentar comprender por qué existe la configuración de poder y de recursos tal como es. Otra cosa es ver todo esto en acción y darte cuenta que a las personas que mueven las hileras les importa un comino el resto. Toda esa ausencia de humanidad, insistir en que la apariencia manda y por eso, mantener ocultas tus verdaderas intenciones… no sé, me la creo en Relaciones Peligrosas pero verlo en vivo y en directo me chocó muchísimo.
Además, aprendí que el único modo real de que las personas se expresen y logren cambios fundamentales es no por incursión en lo ya existente, sino que la mayoría de las veces el sistema es tan cerrado que debes inventar nuevas formas de llegar. La creatividad sirve para darle vuelta a lo estancado durante tanto (TANTO) tiempo. O para darle vuelta a lo establecido. Pero siempre viene de la gente. De lo social. Y eso es lo maravilloso: podemos soñar tantas cosas y de hecho, lograrlas, pero nos han enseñado que aquello es imposible: Aunque lo hagamos todos los días.
Cambiar.
Le conté a A que en el breve tiempo en el cual estudié psicología clínica geopolítica aprendí algo. El curso era sobre personas que estuvieron en situaciones de conflicto: guerras, torturas, genocidios, ustedes completen la lista. Cómo tratarlas. Cómo sobrellevar una vida luego de vivir literalmente en el infierno. Qué pasa cuando un grupo de personas, un pueblo, un país y hasta un continente pasan simultáneamente por tales horrores.
Las cosas de las cuales me enteraban me revolvían el estómago. No porque el ser humano fuera capaz de ello, eso ya lo sabía desde niña. Pero porque a los que podían hacer algo efectivo para evitarlo, no les importaba. Simplemente no pensaban en ello. Eran solamente cifras en una lista de muertos. Rostros inexistentes en estadísticas de desaparecidos. Clichés en el cine o en una foto morbosa. Objetos para olvidar.
Así que, como le dije a A ayer y a J hoy día, siento que debo hacer algo para devolver. No podía quedarme allá y ver que nada pasaba. Debía tener las herramientas para ayudar, para entenderlos. Porque sentir como ellos ya lo hago. Sabes, cuando te han pasado cosas que consideras que ningún ser humano debería vivir jamás, hay un estigma permanente dentro tuyo. Y esta ahí por una razón. Para recordarte que lo que sufriste no debería repetirse jamás. Para que sepas de donde vienes. Es ese estigma, ese dolor intenso y profundo que veo en los ojos, en los relatos de los otros. De los que yo fui, aunque no haya pasado tanto como la mayoría de ellos. Sin embargo, hay una conexión, un “yo sé, yo sé, yo estoy aquí, no estás solo” que me quiebra la garganta.
Supongo que a eso se le llama humanidad.
Ahora, estudiando ciencias sociales, mi mente se ha disparado. Tengo claros dos temas de investigación que iré desarrollando. Tengo un sueño loco de trabajar algún día en el Consejo Internacional de Rehabilitación de Víctimas de Tortura (IRCT). Tengo un proyecto a mediano plazo relacionado con eso mismo. Con el sufrimiento humano. Aparte de la necesidad de ayudar, hay una necesidad de entender por qué la ignoramos y por qué la sentimos como lo hacemos. Eso quiero descubrir. Quiero descubrir como, a pesar de tantas atrocidades, de que exista un mundo que se quiere inmutable, aun existe el cambio. Por qué aún existe la esperanza.
J, es verdad. Estoy en mi lugar. Este sentimiento de estar en el camino correcto para lograr lo que deseo con toda mi alma es algo que anhelaba hace años, no sabes cómo. Y ahora que lo siento, que lo poseo, no lo voy a dejar ir. Nunca.









