La Coctelera

Andrea alucinando

1 Octubre 2009

Mirador

A los años, verdad?

He estado tan ocupada... salgo ya de un proceso continuo de exámenes, controles y trabajos para irme a Ayacucho, a hacer trabajo de campo por unos 10 días. Estoy contenta, pero nerviosa. Sobre todo, estoy contenta. No creo que hubiera podido absorberme como lo he hecho ahora en mi facultad si no me gustara mi carrera. Si no sintiera que es mi vocación.

Mi vocación que me provocó presión alta, taquicardia y muchas siestas de 30 minutos en la biblioteca y la cafetería.

Te quería mostrar un escrito que hice para una clase. Fue después de visitar el centro de Lima. Ya me lo han corregido, pero quería mostrar la primera versión, la que salió de mis impresiones, de lo que sentía en ese momento. Pronto habrá otro momento para explayarme sobre todas las pequeñas cosas que viví, que quizá vivimos. Pronto.


Viajar al centro de Lima provoca recuerdos, nostalgias, sorpresas… Al menos para quienes lo conocen con anterioridad y han podido apreciar los cambios plasmados en ella. Por ser el eje político y uno de los ejes de reunión social de la capital, el pasado reciente del centro es un collage de marchas, mendicidad, borracheras, tours turísticos, desalojos, represión policial, paseos, tránsito, tiendas y stands improvisados, oficinas, y demás cosas que fácilmente se nos pueden venir a la mente.

Una de las imágenes más vivas y recientes del Centro, sin embargo, han sido para mí las cuatro veces que he subido al Cerro San Cristóbal en estos últimos dos años. Después de unos años fuera del país, cuando regresé mi llegada coincidió con visitas de amigos extranjeros. Fui acompañándolos las primeras dos veces, y luego con mi pareja. Progresivamente, aprendí a apreciar el mirador. A desear verlo. Finalmente, fui sola a observar y a deducir qué es lo que me cautivaba tanto.

El mirador. Debe ser, o estar en proceso de, convertirse en uno de los puntos icónicos de nuestra ciudad. Antes despreciado por su ubicación, el mirador es una plataforma para apreciar la ciudad. Desde ella se percibe su dinamismo, su congestión visual, su extensión. Era usado como punto de encuentro por los residentes del San Cristóbal y del Rímac, sea por la peregrinación a la Cruz o por las fiestas que se organizaban de noche. Ahora es un atractivo turístico particular sobre manera, ya que el aparente mantenimiento de las casas que están en su recorrido se combina con el abandono del museo de sitio y el deterioro de la misma Cruz.

Para qué decir, la ruina de las casas del Cerro, o del Centro en general es evidente. En el trayecto al cerro pasamos por Acho, por la Alameda de los Descalzos, subimos por un camino sinuoso que nos va dando guiñadas de la precariedad del modo de vida de los vecinos. Es una aventura para muchos, quienes no pensaron llegar hasta la ubicación del mirador de manera “segura”. El cerro San Cristóbal es el símbolo de la ocupación territorial, la periferia más cercana y a la vez más lejana por décadas de menosprecio. Es la marginalidad enmarcada para una foto.

El mirador, por otro lado, muestra algo diferente. No solamente revela un modo de vida, sino todos. Desde lo lejos, vemos cuán grande es Lima. No hay fin a la ciudad, sólo carros y edificios y pistas… Redes de luces que se articulan en direcciones múltiples. Diferentes construcciones, diferente abundancia de áreas verdes, diferentes vidas.

El que proclama aún a Lima como si fuera Centro-Barranco-Miraflores nunca ha subido al Mirador. No porque no pueda ver su extensión, sino porque no la quiere ver. Desde las alturas estás forzado a admitir tu familiaridad con cada lugar: aquí está Chorrillos, allá Manchay, por ese lado comienza Lurigancho, por este otro ya es Musa. La vista es tan espectacular porque muestra lo que se presiente: que Lima en sí es una ciudad aglutinante y envolvente, en la cual sus habitantes sienten que es interminable y omnipresente.

No sólo eso: Lima es variada. Es increíblemente heterogénea, y ésta es su mayor riqueza. El centro de Lima no sería nada sin los ambulantes y el comercio informal, la ciudad (y para esto, la ciudad entera) no valdría siquiera la pena visitar sin las invasiones de tierras y la instalación de nuevos referentes culturales. Lima no sería Lima sin los migrantes andinos, amazónicos, norteños, que se juntaron con chinos, japoneses, bolivianos, italianos… capital humano que le llaman. No sería atractivo sin ese dinamismo, sin el impulso de generar y de cambiar. Sería pues lo que fue hasta entrados los 50’s: una ciudad sin vida, un mostrador para cierta oligarquía.

El centro no es el Centro. Ni siquiera ya es el centro político. Los presidentes extranjeros y primeros ministros de la Unión Europea y el G-8 no vienen ya a Palacio, se quedan en San Borja y en Miraflores. Los tratados cruciales se firman en hoteles de lujo, las grandes decisiones escapan a Palacio. Los ministerios pronto se alejarán aún más. Las marchas ya no se enfocan en Abancay.

Lima es su dinamismo, y éste no puede ser enmarcado ni parafraseado. Lima ya no son los que vivían en el centro de antaño si es que alguna vez existió, son los hijos de los conos y de los tugurios que toman la posta. Y esto se evidencia tomando un bus de cinco soles hacia el Mirador. Abriendo los ojos y perfilando el horizonte lleno de gente y más gente. De la luz que irradian.

Cuando era chiquita y miope sin saberlo, de noche miraba las luces de los cerros hipnotizada. Los veía como cuarzos fragmentados, como puntos amarillos que se descomponían y en su conjunto formaban una masa resplandeciente, una esfera dorada en cada elevación. Ahora, a veces me saco los lentes para verlas otra vez. Ahora, las luces son hermosas no tanto por su fulgor sino porque son hogares y rutas. Son visiones de humanidad.

Aprecio mucho el Mirador. Está en una parte muy cálida de mi corazón, como se puede notar por lo arriba escrito. También estoy consciente de que no todos sienten la misma calidez hacia él o hacia lo que devela. Pero creo necesario que así sea, pues aceptando y apreciando todos los espacios de la ciudad hacemos más llevadera nuestras vidas y las de todos sus habitantes. Debemos querer Lima por lo que es, llena de ritmo y luz, no por lo que fue y nunca volverá a ser.

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Hola. Mi nombre es Andrea. La gente ya no dice que estoy perturbada. Yo digo, ufff. Viví en muchos lugares, estuve de pasada por muchos más, y espero arreglarmelas para seguir merodeando por todo el mundo hasta el fin de mis dias. Escribo cuentos y obras de teatro. Estudio Antropología, canto, compongo y actúo aunque no tanto como quiero, fumo de vez en cuando y aun no logro subirme a una bicicleta. Me gusta la marea, las fotos, una buena conversación, el café, el aroma del algodón, el vértigo, rehuirme en el cine y sobre todo, hacer lo que me plazca.

Por cuestion de descargar mi alma contra un papel en blanco (aunque sea virtual) y también por algo de ego, escribo cada idea u obsesion que me cruzan.

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